30 No soy suya. Soy su espejo.
El camino me arrastra sin pedirme permiso, como si conociera cada músculo de mis piernas, cada curva de mi espalda y cada latido de mi vientre que arde sin cesar, sin apagarse, incluso cuando camino sola entre raíces que antes querían atraparme y ahora se apartan con respeto, como si reconocieran que ya no pertenezco a nadie, ni siquiera a mí misma, porque mi cuerpo ha dejado de ser prisión para convertirse en faro. La luna, derramada y alta sobre los montes, me observa con una atención silenci