32. El que no tiene clan.
La noche se abre sobre el bosque como una herida cálida en el cielo, y la luna —a medio rostro, a medio grito— cuelga sobre nosotras con una paciencia impiadosa, observando sin intervenir, testigo silencioso de los ritmos que empiezan a agitarse bajo mi piel, esos que ya no son solo míos, que laten entre las sombras y los pliegues de mi vientre, avisando que algo o alguien se acerca, convocado por un impulso más antiguo que la sangre y más urgente que el deseo. Las otras Betas duermen, enredada