308. Donde el fuego elige a su amante.
Apenas el Duque respira junto a mí, apenas sus ojos sostienen mi temblor, un murmullo antiguo retumba bajo el mármol, como si la tierra recordara de repente todos los juramentos que han sido pronunciados en palacios como este, bajo coronas que pesaban demasiado para manos humanas y bajo pieles que, en secreto, ya pertenecían a fuerzas que el mundo nunca aprenderá a nombrar sin temblar.
Mis rodillas aún sienten la vibración de la llama que me habita, esa criatura luminosa y voraz que se despierta en pulsos lentos, deliciosos, casi crueles en su paciencia, como si supiera que ya no necesito arder para destruir, sino apenas respirar. Y sin embargo, en ese instante de frágil paz, cuando el Duque y yo compartimos un mismo latido robado al caos, algo se rompe a lo lejos.
No es ruido.
Es ausencia de él —de ese latido, de ese equilibrio.
El hilo que sostenía a mis consejeros vuelve a tensarse.
—Debo ir —murmuro, y mis palabras no son decisión sino reflejo, como si mi cuerpo hubiera sido llama