308. Donde el fuego elige a su amante.
Apenas el Duque respira junto a mí, apenas sus ojos sostienen mi temblor, un murmullo antiguo retumba bajo el mármol, como si la tierra recordara de repente todos los juramentos que han sido pronunciados en palacios como este, bajo coronas que pesaban demasiado para manos humanas y bajo pieles que, en secreto, ya pertenecían a fuerzas que el mundo nunca aprenderá a nombrar sin temblar.
Mis rodillas aún sienten la vibración de la llama que me habita, esa criatura luminosa y voraz que se despiert