309. Cuando el fuego aprende a pronunciar mi nombre.
Nunca pensé que el fuego pudiera aprender a imitar la piel, ni que la fiebre de los dioses —esa que besé y dejé entrar en mí sin miedo alguno— pudiera tomar forma humana delante de mí, como si hubiera estado observándome desde siempre, esperando el instante exacto en que mis dudas se rompieran para nacer.
La madrugada respira contra mis ventanas como un amante que no sabe irse, pesada, húmeda, expectante, y yo permanezco en pie, descalza, con la frente todavía marcada por el sabor ardiente del