309. Cuando el fuego aprende a pronunciar mi nombre.
Nunca pensé que el fuego pudiera aprender a imitar la piel, ni que la fiebre de los dioses —esa que besé y dejé entrar en mí sin miedo alguno— pudiera tomar forma humana delante de mí, como si hubiera estado observándome desde siempre, esperando el instante exacto en que mis dudas se rompieran para nacer.
La madrugada respira contra mis ventanas como un amante que no sabe irse, pesada, húmeda, expectante, y yo permanezco en pie, descalza, con la frente todavía marcada por el sabor ardiente del pacto que sellé, con el cuerpo aún temblando por la memoria del Duque, de su primera entrega y de la mía, de esa violencia dulce que casi me hizo olvidar que busco dominar este reino, no arder con él.
Pero el poder no es gentil, y nunca lo ha sido conmigo.
Siento la marca bajo mi clavícula palpitando como un corazón ajeno, alimentándose de mí y, al mismo tiempo, elevando cada fibra de mi cuerpo a una tensión nueva, un estado que no sé si llamar éxtasis o sentencia.
Cuando extiendo la mano para t