287. El pacto final.
El salón está sellado. No por cerrojos visibles, sino por un silencio espeso que pesa más que cualquier cadena. El aire tiene ese olor metálico que precede a los pactos —como si el hierro mismo presintiera la sangre que va a reclamar—, y las antorchas, altas y trémulas, proyectan sombras que se alargan sobre las paredes doradas, deformando los rostros hasta volverlos irreales. Todo está dispuesto como en una ceremonia antigua, uno de esos ritos que fingimos haber olvidado, pero que el cuerpo to