269. El encadenado.

El aire en la sala del consejo está viciado. No por el humo del incienso ni por el perfume de los aceites que arden sobre los pebeteros, sino por la sensación de que todos aquí han olvidado cómo respirar. Las miradas se cruzan, se miden, se hieren. Yo permanezco inmóvil, con los dedos entrelazados sobre el regazo, mientras el emisario —mi caballero, mi sombra— es arrastrado hasta el centro del salón con las muñecas encadenadas y la cabeza erguida, como si la humillación no tuviera poder sobre é
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