402. Donde el deseo aprende a sostener la herida.
Empiezo desde una emoción que no se parece a ninguna de las que he conocido, porque no es euforia ni alivio ni temor, sino una forma de lucidez que duele suavemente, como si cada certeza recién adquirida tuviera un costo íntimo que todavía no termino de aceptar, y en esa claridad comprendo que lo ocurrido no ha cerrado nada, que apenas ha desplazado el centro de la tormenta hacia un lugar donde ya no puedo fingir distancia.
Aeshkar permanece cerca, no invadiendo mi espacio, no reclamando contac