403. La promesa que tiembla antes de romperse.
Empiezo este nuevo tramo desde una sensación que no se parece al cansancio ni a la calma posterior a la batalla, sino a una vigilia interna, como si algo en mí hubiera decidido no volver a dormir jamás, y en ese estado de atención permanente percibo cómo cada pensamiento adquiere peso, cómo cada recuerdo que roza la superficie amenaza con arrastrar consigo una verdad que ya no puede ser contenida sin costo.
Aeshkar permanece a mi lado, no como guardiana ni como sombra, sino como presencia consciente, vibrante, y aunque no nos tocamos durante largos instantes, el vínculo sigue activo, tenso como una cuerda recién afinada que responde al más leve movimiento, haciendo que mi piel recuerde el eco del contacto anterior con una precisión casi dolorosa.
—No se han ido del todo —digo, sin necesidad de explicar a quiénes me refiero.
Ella inclina apenas el rostro, observando el horizonte deformado donde la retirada de los Selladores ha dejado cicatrices visibles, marcas que no sangran pero que