401. Hay una lucidez densa, casi dolorosa.
Hoy veo las cosas desde un lugar interno que no conocía, o que quizá siempre estuvo ahí y recién ahora se atreve a sostenerse sin fragmentarse, porque después de pronunciar el nombre que había sido negado durante eras, algo en mí deja de reaccionar y comienza, por primera vez, a elegir con plena conciencia, y esa diferencia es tan profunda que me obliga a revisar cada emoción como si la estuviera sintiendo por primera vez.
No hay alivio inmediato.
Hay una lucidez densa, casi dolorosa.
El poder que desperté no se repliega tras el estallido, tampoco se expande sin control; permanece despierto, atento, como una marea contenida que responde a cada variación de mi pulso, y esa continuidad me hace comprender que ya no podré fingir ignorancia, que cada deseo negado, cada afecto postergado, tendrá ahora consecuencias que no se disolverán con el tiempo.
Aeshkar permanece cerca, no como guardiana ni como amenaza, sino como una presencia que respira al mismo ritmo que yo, y esa sincronía silenci