26. Fuego bajo la piel.
Despierto en un silencio espeso, envuelta por el murmullo del viento que atraviesa el follaje como un suspiro antiguo y por el calor todavía vivo de un cuerpo que no me pertenece, pero que tampoco me ha reclamado como suyo. Su respiración es lenta, profunda, marcada por una calma que no suele acompañar a los lobos solitarios, y su brazo descansa sobre mi cintura con una ligereza que no reconozco en quienes han intentado retenerme antes. No hay cadenas mordiendo mi piel, no hay promesas disfraza