27. Corazón de fuego, boca cerrada.
El lobo solitario me observa desde la distancia cuando regreso, y aunque sus ojos cargan un brillo que podría confundirse con hambre, no hay exigencia en su postura, solo una quietud vigilante, como si intuyera que cualquier palabra podría deshacer algo que, en su naturaleza, nació frágil. No me pregunta dónde estuve ni qué busco; me tiende un trozo de carne asada sobre el fuego y un silencio denso que no incomoda, sino que me envuelve como un manto. Acepto ambos. Comemos sin cruzar palabra, el