235. Secretos entre jadeos.
El amanecer se arrastra lento sobre los ventanales altos, pero no es la luz dorada lo que me despierta, sino el peso de una verdad que arde en mi lengua como un veneno que no sé si debo escupir o dejar que me consuma. Mi emisario fiel duerme a mi lado, su respiración acompasada roza mi hombro, y por un instante pienso en dejarlo todo oculto, en seguir fingiendo que mi cuerpo no fue campo de otra negociación, que mis labios no sellaron un pacto en el lecho del enemigo, pero la mentira no encaja