231. La danza del deseo.
El salón está vacío, y esa soledad lo vuelve más íntimo que cualquier cámara oculta entre cortinas, porque en la ausencia de ojos ajenos la penumbra se transforma en cómplice y el eco de nuestros pasos se convierte en música invisible, hecha solo para él y para mí. Las antorchas en las paredes tiemblan con llamas doradas que dibujan sombras largas, y yo camino despacio, con el vestido arrastrándose detrás de mí como un río oscuro que anuncia mi llegada. Él me espera en el centro, con el porte r