232. El despertar en calma.
El amanecer se cuela tímido por las rendijas de las cortinas, tiñendo de un dorado suave las sábanas que aún conservan el aroma de la noche anterior, ese perfume de piel mezclada, de deseo consumido y a la vez apenas encendido, porque en mí no existe el olvido cuando se trata de él y de la manera en que su cuerpo se queda grabado en el mío como si las horas no fueran suficientes para saciar lo que provocamos juntos.
Me despierto primero, y lo observo, recostado de lado, con el pecho subiendo y