227. Despierta, perezoso.
El sol despierta temprano, colándose por los ventanales como un amante impaciente que no pide permiso para acariciar mi piel desnuda, y yo me dejo envolver en esa luz dorada que parece borrar por un instante el peso de la corte, las intrigas, el veneno y las traiciones que nos envuelven a cada paso. Hoy, al menos por unas horas, quiero olvidar que mi cuerpo es un arma, que mis labios son una estrategia, que mis caricias son pactos escondidos. Hoy quiero ser solo mujer, solo carne temblando bajo