227. Despierta, perezoso.
El sol despierta temprano, colándose por los ventanales como un amante impaciente que no pide permiso para acariciar mi piel desnuda, y yo me dejo envolver en esa luz dorada que parece borrar por un instante el peso de la corte, las intrigas, el veneno y las traiciones que nos envuelven a cada paso. Hoy, al menos por unas horas, quiero olvidar que mi cuerpo es un arma, que mis labios son una estrategia, que mis caricias son pactos escondidos. Hoy quiero ser solo mujer, solo carne temblando bajo la suya, solo deseo y ternura, sin más disfraces que los que el viento pueda arrancarnos en medio de un campo vacío.
El emisario está conmigo, y lo contemplo mientras todavía duerme, con el pecho descubriendo su ritmo pausado, con una paz en su semblante que rara vez le conceden los días. Me acerco despacio, deslizo un dedo por la línea de su mandíbula hasta rozar la comisura de sus labios, y sonrío cuando murmura algo incomprensible, atrapado entre el sueño y el despertar.
—Despierta, perezoso