226. La caricia prohibida.
El aire de la estancia huele a madera recién pulida, a vino derramado en copas que ya nadie vigila, y al calor de una cercanía que no debería existir, pero que se insinúa con una fuerza tan inevitable que siento cómo mi propia respiración se enreda en ella, como si fuera un hilo invisible que me ata al cuerpo del hombre que tengo frente a mí, ese aliado inesperado cuya lealtad apenas comienza a tejerse y que, sin embargo, ya ha cruzado la frontera de lo que debería limitarse a la política.
Él me mira con una mezcla de respeto y hambre, y en ese contraste percibo el peligro, porque la devoción sincera puede volverse cadena, y la pasión, cuando nace de lo prohibido, se convierte en un filo que corta hacia ambos lados.
—No deberías quedarte —le digo, con una voz que quiero firme, pero que suena más como un susurro invitante—. Si alguien te ve salir de aquí, todo lo que estamos construyendo puede desmoronarse.
Él no se mueve, solo inclina un poco la cabeza, como si mis palabras fueran una