226. La caricia prohibida.
El aire de la estancia huele a madera recién pulida, a vino derramado en copas que ya nadie vigila, y al calor de una cercanía que no debería existir, pero que se insinúa con una fuerza tan inevitable que siento cómo mi propia respiración se enreda en ella, como si fuera un hilo invisible que me ata al cuerpo del hombre que tengo frente a mí, ese aliado inesperado cuya lealtad apenas comienza a tejerse y que, sin embargo, ya ha cruzado la frontera de lo que debería limitarse a la política.
Él m