224. Los labios de la promesa.
La noche se derrama como vino oscuro sobre los corredores, y yo me deslizo en silencio hacia la sala olvidada donde él me espera, ese rincón del palacio que nadie pisa porque las paredes guardan ecos de intrigas pasadas, pero que para nosotros se ha vuelto santuario, espacio robado a las miradas, donde puedo ser más que la máscara que visto ante todos y él puede dejar de ser la sombra obediente que se esconde detrás de las órdenes de su facción. Camino con la respiración contenida, como si cada paso fuera un secreto compartido con las losas, y cuando empujo la puerta y lo veo, sentado en el borde de la mesa larga, con la chaqueta desabrochada y la mirada fija en mí, siento que el mundo entero se encoge hasta caber en esa sala.
Él se incorpora apenas me acerco, sus ojos brillan como brasas en penumbra, y yo sonrío porque reconozco la urgencia en su gesto, esa mezcla de deseo y temor que siempre lo acompaña cuando se trata de mí, como si supiera que cada vez que me toca podría perderlo