225. El fuego es mi único idioma.
El salón está preparado con un cuidado minucioso, cada rincón vestido de terciopelo rojo y candelabros encendidos que dejan que la penumbra juegue con los reflejos dorados, y yo, sentada en el centro de la escena, me deleito viendo cómo mis invitados cruzan el umbral con ojos expectantes, porque saben que no se trata solo de un banquete, sino de un juego cuidadosamente tejido donde el vino, la música y la carne se mezclan hasta borrar las fronteras entre la diplomacia y el deseo, entre el deber