223. Un momento en el jardín de la pasión.
La noche se desliza suave sobre la corte, como un velo húmedo que todo lo cubre, y yo camino descalza por el pasillo que me conduce hacia los jardines, sintiendo bajo la planta de mis pies el frío de las piedras, como si quisieran retenerme y recordarme que no hay lugar seguro en este palacio que respira conspiraciones en cada esquina, pero mi cuerpo se resiste a la prisión de las paredes y busca el aire libre, el respiro del perfume de las flores que sólo se abren bajo la luna, ese olor que mezcla dulzura y misterio, como si ellas también guardaran secretos que sólo entregan en la oscuridad.
Él me espera junto a la fuente, lo sé antes de verlo, porque la presencia del emisario siempre se anticipa en mi piel, como un temblor que comienza en el vientre y se expande hasta la garganta. Cuando lo distingo en la penumbra, recostado contra el mármol, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el reflejo del agua, no puedo evitar sonreír, porque la rigidez que suele mostrar frente a los