192. El amante espectral.

La noche no me da tregua. Su cuerpo duerme a mi lado, pesado, tibio, confiado, con la respiración de un hombre que cree haber conquistado el mundo en el lecho, sin sospechar que yo permanezco despierta con los ojos entreabiertos, atrapada no en la carne que me oprime, sino en la memoria que me arrastra hacia otro rostro, otra voz, otra piel que ya no debería existir. Cierro los ojos porque el silencio me acorrala y entonces aparece él, no el conspirador, sino el otro, el que murió o fue borrado, el que aún me respira en sueños aunque sus labios sean de sombra y su mirada un resplandor que solo yo conozco.

Su aparición no es súbita ni violenta: se filtra primero en el aroma, un perfume que no está en esta habitación y que sin embargo siento como si brotara de mi propia piel, esa mezcla de hierro y de miel que siempre lo acompañaba, como si hubiera dejado impregnada en mí una marca invisible. Después su silueta se dibuja en la penumbra del sueño, más nítida que la realidad, y lo veo ven
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