191. Él habla con la boca aún húmeda de mis besos.
La noche no duerme conmigo, ni con él. Se enciende y se apaga como un incendio intermitente que no termina de consumirnos, y el aire en esta alcoba huele a vino, a sudor, a incienso, pero sobre todo a esa mezcla de deseo y conspiración que se vuelve tan adictiva como el veneno que guardo aún en mi memoria, el que ya lo ha tocado sin que él lo sepa. Estamos tendidos sobre la cama, desnudos, pero no es un descanso lo que compartimos, sino una vigilia ardiente donde su cuerpo y su lengua se vuelve