191. Él habla con la boca aún húmeda de mis besos.
La noche no duerme conmigo, ni con él. Se enciende y se apaga como un incendio intermitente que no termina de consumirnos, y el aire en esta alcoba huele a vino, a sudor, a incienso, pero sobre todo a esa mezcla de deseo y conspiración que se vuelve tan adictiva como el veneno que guardo aún en mi memoria, el que ya lo ha tocado sin que él lo sepa. Estamos tendidos sobre la cama, desnudos, pero no es un descanso lo que compartimos, sino una vigilia ardiente donde su cuerpo y su lengua se vuelven armas tanto como su espada y sus planes de poder.
Él habla con la boca aún húmeda de mis besos, su respiración irregular se confunde con la mía, y mientras sus dedos juegan con mi cabello desparramado sobre las sábanas, me revela fragmentos de su ambición, trozos de un mapa que yo convierto en mi propio códice secreto.
—Cuando todo se cumpla, Névara —dice, con esa seguridad que solo los hombres que creen dominar el destino poseen—, no habrá fuerza que pueda detenerme. La corona será mía, y los