167. El beso envenenado.
La noche se derrama como un vino espeso sobre las paredes de esta habitación que tantas veces ha sido mi prisión y mi templo, y en el aire aún flota el eco de los gemidos anteriores, un murmullo invisible que impregna las sábanas húmedas, las cortinas entreabiertas, mi piel marcada por la violencia que me arranca a gritos pero que al mismo tiempo me sujeta como si yo fuera la única tabla que le impide hundirse en su propio abismo. El conspirador duerme a medias, con un ojo cerrado y el otro entr
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