166. La confesión del verdugo.
El calor aún palpita en mi piel, como brasas que no terminan de extinguirse aunque nuestros cuerpos hayan cedido a la fatiga de la tormenta, y la habitación huele a sudor, a sangre seca, a deseo desbordado que ha dejado sus huellas en las sábanas arrugadas y en los moretones que cubren mis muslos como coronas de fuego. Él yace a mi lado, con el pecho subiendo y bajando como si todavía estuviera huyendo de una guerra invisible, y sus dedos, que hace apenas unos instantes me apresaban con violenci
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