166. La confesión del verdugo.
El calor aún palpita en mi piel, como brasas que no terminan de extinguirse aunque nuestros cuerpos hayan cedido a la fatiga de la tormenta, y la habitación huele a sudor, a sangre seca, a deseo desbordado que ha dejado sus huellas en las sábanas arrugadas y en los moretones que cubren mis muslos como coronas de fuego. Él yace a mi lado, con el pecho subiendo y bajando como si todavía estuviera huyendo de una guerra invisible, y sus dedos, que hace apenas unos instantes me apresaban con violencia, ahora tiemblan cuando rozan mi cintura como si temiera que yo desapareciera de pronto en la penumbra.

Lo observo en silencio, y en ese silencio descubro algo que rara vez deja ver: la vulnerabilidad que se cuela en sus ojos cuando no está revestido de furia, cuando el sudor y la fatiga le arrancan la máscara de hierro y lo obligan a mostrarse como el hombre que sangra por dentro aunque no lo confiese jamás.

—¿Qué miras con tanto fervor? —pregunta él, intentando disimular la grieta en su voz
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