168. La copa derramada.
El vino se desliza por mi cuello como un río oscuro que me incendia la piel, tibio y pegajoso, resbalando hasta perderse entre mis pechos mientras sus labios siguen atrapados en los míos con una avidez que roza la desesperación, como si con cada beso quisiera asegurarse de que aún estoy aquí, aún soy suya, aún no me he desvanecido en el veneno que late entre nosotros. La copa tiembla en nuestras manos, inclinada en un ángulo imposible mientras nuestros cuerpos chocan una y otra vez, mi espalda