162. El banquete de los condenados.
La música se eleva en ondas espesas que recorren el salón como un perfume invisible, y cada nota de las flautas, cada golpe de tambor, parece retumbar contra las copas rebosantes de vino rojo, ese vino oscuro que mancha labios y lenguas y despierta en los cuerpos un calor húmedo que no tiene que ver con el clima sino con la lujuria que fermenta en el aire. El festín es un océano desbordado: mesas largas repletas de carnes brillantes, frutas abiertas que exudan su jugo como heridas dulces, panes