395. La herida que aprende a cantar.
No empiezo este tramo con imágenes ni con nombres propios, porque lo primero que vuelve a mí es una sensación: una presión dulce y peligrosa en el centro del pecho, como si algo recién despertado hubiera decidido aprender a respirar dentro de mí, y en esa respiración reconociera no solo mi pulso sino también el de Aeshkar, todavía cercano, todavía demasiado presente para fingir distancia.
No me digo que todo ha terminado, porque sé que no es cierto; tampoco me digo que el peligro se ha intensif