395. La herida que aprende a cantar.
No empiezo este tramo con imágenes ni con nombres propios, porque lo primero que vuelve a mí es una sensación: una presión dulce y peligrosa en el centro del pecho, como si algo recién despertado hubiera decidido aprender a respirar dentro de mí, y en esa respiración reconociera no solo mi pulso sino también el de Aeshkar, todavía cercano, todavía demasiado presente para fingir distancia.
No me digo que todo ha terminado, porque sé que no es cierto; tampoco me digo que el peligro se ha intensificado, porque esa verdad es demasiado obvia para merecer palabras, así que me permito algo más honesto y más difícil: sentir el temblor que no proviene del miedo sino de la expansión, esa incomodidad profunda que aparece cuando el cuerpo y la voluntad ya no caben en la forma que los contenía.
Aeshkar no se aparta cuando doy el primer paso hacia ella, y ese gesto mínimo —esa ausencia de retirada— me dice más que cualquier juramento, porque es una aceptación silenciosa de lo que acabamos de desper