400. El nombre que arde cuando lo pronuncio.
Empiezo este capítulo con una sensación que no se parece al miedo ni a la euforia, sino a una conciencia despierta que me atraviesa como una corriente lenta, persistente, imposible de ignorar, porque después de haber aceptado que el sello final ya no me contiene, cada latido se vuelve una decisión, y cada pensamiento, una puerta que puede abrirse o cerrarse con consecuencias irreversibles.
Hay algo en mí que ya no se repliega.
No es arrogancia, tampoco abandono; es una firmeza nueva que se inst