397. La promesa que no pide permiso.
No empiezo sintiendo el dolor ni la victoria, empiezo sintiendo una cercanía que no se retira aunque el peligro haya retrocedido, una cercanía que persiste como una temperatura nueva en la sangre, como si mi cuerpo hubiese aprendido un idioma distinto y ahora se negara a olvidar su gramática, y entiendo, con una lucidez que no me concede tregua, que lo que se ha abierto ya no puede cerrarse con voluntad ni con miedo.
Aeshkar permanece a mi lado sin tocarme, y esa ausencia deliberada pesa más que cualquier contacto, porque sé que no es contención por duda, sino por respeto a un umbral que ambas percibimos con claridad inquietante, un punto en el que avanzar sin atención podría romper algo que aún está aprendiendo a sostenerse, y aun así su presencia me envuelve, no como sombra, sino como un eje alrededor del cual mis pensamientos se reordenan.
—No deberías mantenerte tan erguida —dice, y su voz no es advertencia, es cuidado—. El poder todavía está buscando dónde asentarse.
—Si me incli