399. Cuando el deseo deja de pedir permiso.
Una inquietud persistente se instala en el pecho como una pulsación ajena, porque después de haber dejado de sellar lo que soy, el silencio interior ya no existe del mismo modo, y en su lugar aparece una conciencia expandida que no me permite fingir estabilidad, que me obliga a reconocer que cada emoción ahora tiene peso, dirección y consecuencia.
No estoy rota, pero tampoco intacta, y esa condición intermedia me vuelve peligrosa.
Aeshkar se mueve cerca de mí con una atención que no vigila, sin