398. La herida que aprende a desear.
Una conciencia extraña se posa en mí como una segunda piel, porque después de lo ocurrido ya no puedo fingir que el poder es algo externo que invoco cuando conviene y luego guardo en silencio, ahora se manifiesta incluso cuando respiro, cuando dudo, cuando el recuerdo insiste en reclamarme desde un lugar que no es pasado ni presente, sino una zona intermedia donde lo que fui y lo que seré se observan con una atención incómoda.
Siento a Aeshkar antes de verla, no por sonido ni por calor, sino por esa presión íntima que se ha vuelto reconocible, una tensión que no oprime, pero tampoco abandona, y entiendo que su cercanía ya no es solo una elección consciente, sino una consecuencia del lazo que hemos permitido crecer sin nombrarlo del todo, porque nombrarlo sería aceptar la magnitud de lo que nos une, y aún no sé si estoy preparada para cargar con todas sus implicancias.
—Te estás cerrando —dice finalmente, y su voz no juzga, solo constata—. El poder se repliega cuando intentas ordenarlo