112. Lenguas de fuego y promesas rotas
El aire huele a humo, ceniza y carne abierta; respiro y cada inhalación me quema como si mis propios pulmones fueran parte de esa hoguera que devoró lo que alguna vez llamamos refugio, y sin embargo, sigo de pie, con las piernas manchadas de polvo, con las manos heridas, con la boca seca y un sabor metálico que no sé si viene de mi propia sangre o de los besos arrancados anoche por el Forastero, que aún resuenan en mí como una lengua ajena que nunca me abandona. El santuario está en ruinas, conv