113. Pactos sellados con sudor y sangre.
El aire está cargado de ceniza y de un perfume metálico que se pega en la garganta como si alguien me obligara a beber hierro líquido, y cuando lo veo aparecer desde la penumbra, con las cicatrices frescas que cruzan su pecho como un mapa escrito con cuchillos, sé que el precio que paga por mi llamado no es menor que el mío, y aun así sonríe con esa curva casi burlona en los labios, como si el dolor lo excitara o como si el sufrimiento fuera la única lengua que compartimos.
—Así que vuelves —su