111. Bajo piel ajena.
Despierto con el sabor metálico de la sangre aún en la lengua, como si mis labios hubieran besado la herida de la tierra misma, y me toma un instante comprender que no es solo la sangre lo que me pesa en la boca, sino también el eco del Forastero latiendo todavía dentro de mí, expandiéndose en oleadas que se confunden con mis propios latidos, como si mi cuerpo hubiese dejado de pertenecerme del todo y ahora me vistiera con una piel ajena, sedosa y oscura, que me fortalece pero me corroe, que me