Cap. 112 Pero es una distracción.
El cansancio, el peso de los secretos, el miedo por su hijo herido y por los nietos que dormían desprotegidos a unos pasos de distancia, se reflejaron en la ligera contracción de su mandíbula, en el parpadeo rápido que ahuyentó la humedad amenazante.
Luego, como si se pusiera una armadura invisible, enderezó la espalda. La grieta desapareció. Volvió a ser Isabella Ottum: la matriarca, la estratega, la madre que defendía su clan con la inteligencia de un general y la ferocidad de una leona. Con