Cap. 112 Pero es una distracción.
El cansancio, el peso de los secretos, el miedo por su hijo herido y por los nietos que dormían desprotegidos a unos pasos de distancia, se reflejaron en la ligera contracción de su mandíbula, en el parpadeo rápido que ahuyentó la humedad amenazante.
Luego, como si se pusiera una armadura invisible, enderezó la espalda. La grieta desapareció. Volvió a ser Isabella Ottum: la matriarca, la estratega, la madre que defendía su clan con la inteligencia de un general y la ferocidad de una leona. Con una mano, ajustó la manta sobre Lucius.
Con la otra, en su regazo, su pulgar pasó sobre la pantalla del teléfono, revisando las cámaras de seguridad que Augusto había integrado a su feed. Todo estaba en calma. Por ahora.
Ella era el centro quieto de la tormenta, conteniendo la ansiedad de Lucius en un radio de tres metros, mientras orquestaba la defensa de su familia en todo el perímetro del hospital. No había lugar para el error. No cuando Elián Samaniego, empujado por la desesperación de un h