Cap. 113 Empezaron, cariño
Mientras la falsa batalla con los hombres de Elián llegaba a su fin en la habitación señuelo, en la verdadera fortaleza del hospital, la quietud era tensa, expectante. Julia descansaba en una suite privada, pálida pero estable, atendida con devoción por Lena y Hugo.
Lena le humedecía los labios con un hisopo, su mirada materna, abarcando tanto a su hija Alba (ausente físicamente, pero omnipresente en su preocupación) como a su sobrina Julia, la heroína silenciosa cuyo cuerpo había sido el santuario. Hugo, más práctico, revisaba los monitores y aseguraba que el dolor estuviera controlado.
Julia sonreía débilmente, agotada pero con una paz profunda en los ojos. Había cumplido su parte.
En la oscuridad azulada de la noche que se filtraba por las ventanas a prueba de balas, un zumbido sutil, casi imperceptible, rompió el silencio.
Era el celular de Alba.
Todavía en la habitación señuelo, rodeada por la evidencia de la violencia reciente, sintió la vibración en su bolsillo como una desca