Cap. 160 Esto es por lo que luchamos.
Mientras Lucius navegaba este mar interior, la vida en La Tormenta florecía en su ausencia física. Santiago crecía robusto y risueño. Los gemelos, Luna y Sebastián, eran un torbellino de descubrimientos. Y Alicia, cada vez más fuerte, empezaba a preguntar con ansiedad cuándo papá volvería "para quedarse de verdad".
Y entonces, llegó el día de la boda de Luther y Alejandra.
La mansión La Tormenta se transformó en un jardín de ensueño. La tensión de los meses previos se disolvió, por unas horas, en una burbuja de alegría anticipada.
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Luther, impecable en su esmoquin, era la imagen de la calma serena. Hasta que empezó a caminar. Se tropezó con el borde de la alfombra, con una maceta invisible, con su propio pie. Cada cinco minutos, un nuevo tropiezo sutil delataba el nerviosismo que su rostro de piedra negaba.
—¿Estás intentando romperte el cuello antes de decir 'sí quiero'? —le murmuró Augusto, con una sonrisa, pasándole un vaso de agua.
—Solo estoy... comprobando la solidez del sue