DIEZ AÑOS DESPUÉS
La luz del atardecer bañaba el vestíbulo de La Tormenta, ahora lleno de mochilas escolares, chaquetas desechadas con prisa y el eco de risas juveniles.
Alicia, de catorce años, cruzó la puerta como un rayo de sol. Su belleza era deslumbrante, no solo por sus rasgos, sino por la vida que irradiaba.
La salud, una victoria duramente ganada, brillaba en sus ojos claros y en la energía de sus movimientos. Detrás de ella, una estampida de risas y patines: Luna, Sebastián y Santiago