DIEZ AÑOS DESPUÉS
La luz del atardecer bañaba el vestíbulo de La Tormenta, ahora lleno de mochilas escolares, chaquetas desechadas con prisa y el eco de risas juveniles.
Alicia, de catorce años, cruzó la puerta como un rayo de sol. Su belleza era deslumbrante, no solo por sus rasgos, sino por la vida que irradiaba.
La salud, una victoria duramente ganada, brillaba en sus ojos claros y en la energía de sus movimientos. Detrás de ella, una estampida de risas y patines: Luna, Sebastián y Santiago, de diez, y nueve años respectivamente, parecían más bien trillizos en su complicidad y alboroto, una manada unida e indomable.
—¡Mamá! —gritó Santiago, el primero en divisar a Alba, que acababa de terminar una videollamada ejecutiva y salía de su estudio con una sonrisa cansada pero feliz.
Fue un torrente de abrazos y besos húmedos. Alba los recibió a todos, riendo, acariciando cabezas, sintiendo en cada contacto el milagro cotidiano de su familia.
—¿Cómo les fue hoy, mis tiranos?
—¡Luna se pe