Despertar en un hospital nunca es algo sencillo. La primera impresión es la frialdad de las paredes, esa blancura impoluta que parece querer borrar cualquier rastro de vida. La segunda es la soledad que todo lo envuelve. Aunque Rosa estaba allí, sentada en una silla incómoda junto a mi cama, lo primero que sentí fue esa sensación amarga de estar atrapada en un lugar que no me pertenecía.
Moví la cabeza apenas, con pesadez, y Rosa reaccionó de inmediato.
—¡Isa! —exclamó con alivio, levantándose