No supe en qué momento las palabras empezaron a perder sentido y se convirtieron en golpes directos al pecho. Estábamos sentados en aquella terraza de la cafetería, frente a frente, como si el tiempo hubiera retrocedido a nuestros días de complicidad, pero no había complicidad, ni ternura, ni esa chispa que solía habitar en su mirada. Sólo quedaba el eco de lo que fuimos y una distancia que parecía insalvable.
—Isa… —dijo Matías con un suspiro cargado de fastidio—. Esto no tiene caso.
Lo miré,