La mañana en el hospital fue distinta a la anterior. No amanecí con sobresaltos ni con lágrimas contenidas. Simplemente abrí los ojos y vi el mismo techo blanco de siempre, esa claridad que parecía absorber cualquier emoción. Había silencio en el pasillo, apenas interrumpido por el sonido lejano de un carrito de enfermería.
Me incorporé un poco sobre la cama, sintiendo todavía el cuerpo pesado, pero no tanto como ayer. Rosa seguía allí, sentada en la silla de siempre, con el cabello recogido de