Alexander Lee
Tenerla conmigo, por fin, es una victoria táctica que me acelera el pulso. Mientras iba a recogerla, no dejaba de especular sobre su respuesta, pero verla aparecer con ese atuendo sencillo me descolocó. Cualquier otra mujer se habría esforzado en una exuberancia calculada para asegurar mi atención; ella, en cambio, eligió un maquillaje ligero que solo enfatizaba la intensidad de su mirada. Me estremeció. En el auto, su fragancia a lirios recién cortados era un oasis de primavera en medio de mi mundo de asfalto y acero.
Ahora, frente al vino, el aire vibra. No nos quitamos los ojos de encima. Me impresiona su serenidad; parece una jugadora de ajedrez experimentada.
—Munan, ¿hay algo que quieras agregar al trato? —pregunté, rompiendo el hechizo.
—En realidad, sí, señor Lee. Usted ya puso sus condiciones; ahora es mi turno.
Su determinación me tomó por sorpresa. Me recliné en la silla, concediéndole el espacio. —Adelante.
—Nuestra relación será estrictamente tempor