El despertar de la sangre
Aimunan

Desperté entre sábanas de una seda tan suave que parecían agua sobre mi piel. La luz del sol se filtraba a través de ventanales gigantes, inundando una habitación que olía a madera antigua y papel de arroz. Mi cabeza se sentía pesada, con esa vibración sorda que sigue a una borrachera o a un choque emocional violento. Busqué instintivamente mi bolso, pero mi teléfono no estaba. Estaba desconectada en el corazón de una montaña coreana.

​Me levanté con cautela y me acerqué al cristal. Afuera, un bosque de bambú se mecía con una elegancia hipnótica. Por un momento, el verde profundo me recordó a mi hogar, a la selva que dejé atrás, pero el aire aquí era distinto: más frío, más cargado de secretos milenarios. Recordé el colapso frente al abuelo de Alexander y un escalofrío me recorrió la columna. ¿Cuánto tiempo había pasado?

​La puerta se abrió con un clic suave. Era la madre de Alexander.

—Despertaste —dijo, y aunque su voz buscaba la calma, sus ojos delataban una preocupación
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