Aimunan
Desperté entre sábanas de una seda tan suave que parecían agua sobre mi piel. La luz del sol se filtraba a través de ventanales gigantes, inundando una habitación que olía a madera antigua y papel de arroz. Mi cabeza se sentía pesada, con esa vibración sorda que sigue a una borrachera o a un choque emocional violento. Busqué instintivamente mi bolso, pero mi teléfono no estaba. Estaba desconectada en el corazón de una montaña coreana.
Me levanté con cautela y me acerqué al cristal. Af