Aimunan
El silencio en el salón de la villa no era pacífico; era la calma pesada que precede al terremoto. Me quedé inmóvil mientras el abuelo de Alexander se acercaba a mí, sus ojos emitiendo una luz que no parecía de este mundo, una calidez que, extrañamente, me hacía sentir en casa a pesar de estar rodeada de extraños.
—¡Nari! —pronunció él. Su voz poseía un magnetismo celestial que me hizo parpadear con fuerza.
—¿Nari? —repitió Alexander, su voz cargada de una confusión creciente.
Ese