El restaurante tenía un aire acogedor, con paredes de piedra, luces tenues colgando del techo y música italiana suave de fondo. Era evidente que no era un sitio común: se notaba en el silencio respetuoso de los comensales y en la forma en que los meseros se inclinaban apenas al ver a Dante cruzar la puerta.
Pero quien los recibió no era uno de los meseros antiguos del lugar. Era joven, quizá de la edad de Livia, con sonrisa fácil y mirada curiosa. Llevaba el uniforme negro con el nombre bordado