La biblioteca en Harlem había estado cerrada a cal y canto. El café en Brooklyn, donde Sofía trabajó brevemente hace tres años, no tenía ningún registro de haberla visto en meses. El pequeño teatro comunitario donde alguna vez tomó clases de actuación estaba oscuro y vacío, como una boca de lobo.
Cuatro horas. Siete lugares. Nada.
Stefan estaba empapado hasta los huesos, temblando por una mezcla tóxica de frío y adrenalina, mientras Thomas conducía hacia la última dirección en la lista desesperada de María: la villa en los Hamptons.
—Esto no tiene sentido —dijo Liam por décima vez, mirando el GPS con frustración—. ¿Por qué iría al lugar que le recuerda lo que perdió? Es masoquismo puro.
—Porque está rota —respondió Stefan con la voz ronca, mirando por la ventana hacia la oscuridad impenetrable del paisaje—. Y la gente rota busca los lugares donde se rompió para intentar entender por qué.
Su teléfono había permanecido en un silencio sepulcral durante la última hora. Sin respuestas de Lu