El silencio en el ático de Damian Cross no era pacífico; era depredador.
La lluvia golpeaba contra los ventanales de piso a techo, una cortina de agua oscura que aislaba el apartamento del resto de Nueva York como si estuvieran en una cápsula submarina. Luciana dejó su copa de vino sobre la mesa de mármol negro. El sonido del cristal contra la piedra resonó demasiado fuerte en la habitación inmensa, rompiendo la tensión solo por un segundo.
Llevaba una hora allí. Una hora de conversación superfi