La mano enguantada de Stefan seguía extendida en el aire, una invitación que parecía más una garra a punto de cerrarse que una oferta de baile.
El corazón de Luciana latía desbocado contra sus costillas, pero el terror inicial, ese frío paralizante que había sentido al reconocer su voz, se transformó rápidamente en algo más caliente, más útil: furia.
Luciana no era la misma mujer que Stefan había dejado hace meses atrás. Ya no era la prometida dócil que firmaba papeles sin leer. Era la CEO de un