La mano enguantada de Stefan seguía extendida en el aire, una invitación que parecía más una garra a punto de cerrarse que una oferta de baile.
El corazón de Luciana latía desbocado contra sus costillas, pero el terror inicial, ese frío paralizante que había sentido al reconocer su voz, se transformó rápidamente en algo más caliente, más útil: furia.
Luciana no era la misma mujer que Stefan había dejado hace meses atrás. Ya no era la prometida dócil que firmaba papeles sin leer. Era la CEO de una empresa multinacional. Era una superviviente.
Enderezó la espalda, irguiéndose en toda su estatura, y miró la máscara blanca de fantasma con desprecio absoluto.
—No —dijo ella. Su voz no tembló. Fue un latigazo seco.
Stefan soltó una risa baja, casi inaudible por la música de la orquesta.
—¿No? ¿Vas a rechazarme delante de toda la sociedad, Luciana? ¿Vas a arriesgarte a que haga una escena?
—La escena la vas a hacer tú, Stefan —respondió ella, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio en