La puerta del bar The West End se cerró a sus espaldas, cortando el ruido de las risas y el olor a cerveza rancia.
El silencio de la calle lo golpeó casi tan fuerte como el viento.
Ethan trastabilló en la acera. La nieve caía en sábanas densas y furiosas, borrando los contornos de Manhattan, convirtiendo la ciudad que alguna vez prometió conquistarlo en un cementerio blanco y helado.
No llevaba abrigo. Lo había olvidado dentro, o tal vez lo había perdido horas antes. No lo recordaba. El alcohol que corría por sus venas —whisky barato, quemante y excesivo— era lo único que lo mantenía medianamente caliente, aunque sus dedos ya estaban entumecidos y azules.
Dio un paso y casi resbaló sobre el hielo negro.
—Patético —murmuró para sí mismo. Su voz se la llevó el viento.
Miró hacia la calle desierta. No tenía a dónde ir. El apartamento del Upper West Side ya no era suyo; Stefan lo había comprado. La residencia de Columbia estaba vetada para él; el decano le había quitado la credencial. Y l