Stefan subió las escaleras del edificio de tres pisos en Queens con pasos pesados que resonaban metálicos contra el hierro oxidado. La lluvia, implacable y helada, había convertido cada superficie en una trampa resbaladiza. Gotas frías se deslizaban por su cuello, colándose bajo el cuello de su chaqueta de cuero, mientras buscaba el número 2B en la penumbra del pasillo.
El aire olía a humedad rancia, a comida frita y a desesperanza. La pintura se descascaraba de las paredes como piel muerta, revelando décadas de abandono. Stefan Vanderbilt, el heredero que debería estar volando en primera clase hacia Tokio, nunca se había sentido tan fuera de lugar y, al mismo tiempo, tan merecedor de estar en el infierno.
Tocó la puerta. Una vez. Dos veces. Tres golpes secos y urgentes.
Una mujer de unos veinticinco años abrió la puerta con la cadena de seguridad puesta. Su expresión pasó de la cautela urbana a un reconocimiento hostil en cuestión de segundos.
—Tú eres Stefan Vanderbilt —dijo. No era