Stefan subió las escaleras del edificio de tres pisos en Queens con pasos pesados que resonaban metálicos contra el hierro oxidado. La lluvia, implacable y helada, había convertido cada superficie en una trampa resbaladiza. Gotas frías se deslizaban por su cuello, colándose bajo el cuello de su chaqueta de cuero, mientras buscaba el número 2B en la penumbra del pasillo.
El aire olía a humedad rancia, a comida frita y a desesperanza. La pintura se descascaraba de las paredes como piel muerta, rev