El Tesla plateado cruzó el puente de Brooklyn bajo un cielo gris plomo. Dentro, el silencio no era de concentración, como Ethan quería creer, sino de distancia. Una distancia física y emocional que crecía con cada kilómetro que los acercaba a la realidad.
Luciana iba a su lado, revisando correos en su tablet. No estaba coordinando una ofensiva corporativa; estaba buscando desesperadamente una forma de blindar a Ethan, y la culpa le pesaba en los hombros más que el abrigo de lana.
—Jerome nos espera arriba —dijo ella sin levantar la vista, con la voz apagada—. No quise llamar a abogados externos. No quiero extraños mirando... esto. Solo seremos nosotros y Jerome.
Ethan asintió, apretando el volante hasta que los nudillos le dolieron. Agradeció que no hubiera un ejército de litigantes. No quería público para su humillación.
—Yo redactaré la moción —dijo Ethan. Su voz sonó ronca, defensiva—. Conozco la Ley de Estabilización de Alquileres. Es lo único que tengo ahora mismo. Mi conocimient